El silencio del cordero

Manso. Así podrías describirlo. Una persona que no hace daño a nadie. Un cacho de pan. No se mete con nadie, sólo sonríe y acepta su posición social. Una blancura de espíritu que curiosamente contrasta con su pelo, de un azabache oscuro. Un chaval que vive de sueños alimentados a diario por utopías sin sentido, por latigazos del destino.

Puede pareceros normal, pero es bien cierto que hay mucha gente infeliz en el mundo. Tanto abarcamos, que ahora se va a lo grande, haciendo caso omiso del dicho catalán la bona confitura està al pot petit - traducción literal: la mejor mermelada está en el bote pequeño-. ¿Cuánto se ha cambiado? ¿Deliramos de grandeza por naturaleza o debido a la sociedad? Muchas veces, miramos delante y no miramos ni a nuestras espaldas ni a nuestros lados. Tantas personas que queremos conocer o seducir, tantas flores que polinizar que nos llaman con sus colores, ya sean morenos o blancos. Todo eso, ¿para qué? La estructura social actual sigue siendo un poco contradictoria: cuanto más se promueve la tolerancia y el respeto entre iguales, más se marcan estas diferencias sociales: frikis, hikkikomori, populares, pijos, heavies... Y todo porque no son iguales al resto del grupo.

Lo peor de todo, es que dentro de muchos de estos grupos sociales (o tribus urbanas como les gusta llamar a algunos) hay corderitos. Chicos y chicas que son descritos como el 1r párrafo de la entrada. Y no hay nada más humillante que no poder decir nada. Coaccionados por su timidez o por vejaciones varias, los tímidos corderitos suelen ser las víctimas de lobos ególatras que no ven que su ombligo.

Como iba diciendo. Un chico que vive de utopías, no tiene mucho futuro en un mundo donde no hay más que lobos atrapasueños y donde el balido de este cordero no tiene más fuerza que el viento dentro de un edificio. Ese edificio es el cuerpo humano, y quien bala, es el corazón. Un silencio sepulcral. El silencio del cordero. 

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