Bendita rutina
Es fácil normalizar los rutinarios trayectos al trabajo, convirtiéndolos en transición. Como esos descansos en los partidos de futbol, o las neutralizaciones en la NASCAR. Pero no, no son transiciones.
Ir a trabajar es algo que me llama la atención. Nunca sabes qué te encontrarás. Sea con el tierno calor de las tardes en primavera, o con el frescor matutino cargado de humedad. Con el silencio, con el trajín de la sociedad. ¿Qué esconderán las vidas de las personas que suben y bajan de forma mecánica del transporte público?
Y cuando uno se ha subido al transporte público, veo a un padre orgulloso de su retoño. En ese momento intento pensar como el padre. Sin mediar palabra, con miradas y la sonrisa en la cara, le hago entender que le felicito por el renacuajo. El orgullo de padre me devuelve la sonrisa, en tono de agradecimiento. Sonrío al pequeñajo, que me mira de forma curiosa y, tras unos segundos, sonríe también. Su mirada, inocente, queda semiescondida bajo un gorro. Qué sencillo, pero suficiente. Me lo imagino pidiendo algo al padre a gestos. La simpleza de la infancia, y la alegría que desprende esa inocencia.
Se bajan antes que yo, y le sonrío al chiquillo de nuevo. Vuelve a sonreir. Me encanta ver cómo, sin hablar, nos podemos comunicar. Ayudo al padre a bajar el cochecito, y me da un escueto gracias. Su rutina y la mia, modificadas.
Justo en esa parada, suben dos ojos verdes intensos y felices. No van solos, pero no me importa. Noto su felicidad por esa compañia. Y me alegro.
Obviamente hay más ojos en el transporte público. Unos que miran atentamente a los trabajos de sus alumnos. Otros que, entre sonrisa y sonrisa responden a mensajes en sus smartphones.
Minutos después, me bajo yo en mi parada. Adoro mi trabajo. Es distinto, algo que siempre quise. Pese a la rutina, el viaje me llena de felicidad. Me encanta la rutina. Al final de esa 'transición' brilla una sonrisa de un niño pequeño. Bendita rutina.
Ir a trabajar es algo que me llama la atención. Nunca sabes qué te encontrarás. Sea con el tierno calor de las tardes en primavera, o con el frescor matutino cargado de humedad. Con el silencio, con el trajín de la sociedad. ¿Qué esconderán las vidas de las personas que suben y bajan de forma mecánica del transporte público?
Y cuando uno se ha subido al transporte público, veo a un padre orgulloso de su retoño. En ese momento intento pensar como el padre. Sin mediar palabra, con miradas y la sonrisa en la cara, le hago entender que le felicito por el renacuajo. El orgullo de padre me devuelve la sonrisa, en tono de agradecimiento. Sonrío al pequeñajo, que me mira de forma curiosa y, tras unos segundos, sonríe también. Su mirada, inocente, queda semiescondida bajo un gorro. Qué sencillo, pero suficiente. Me lo imagino pidiendo algo al padre a gestos. La simpleza de la infancia, y la alegría que desprende esa inocencia.
Se bajan antes que yo, y le sonrío al chiquillo de nuevo. Vuelve a sonreir. Me encanta ver cómo, sin hablar, nos podemos comunicar. Ayudo al padre a bajar el cochecito, y me da un escueto gracias. Su rutina y la mia, modificadas.
Justo en esa parada, suben dos ojos verdes intensos y felices. No van solos, pero no me importa. Noto su felicidad por esa compañia. Y me alegro.
Obviamente hay más ojos en el transporte público. Unos que miran atentamente a los trabajos de sus alumnos. Otros que, entre sonrisa y sonrisa responden a mensajes en sus smartphones.
Minutos después, me bajo yo en mi parada. Adoro mi trabajo. Es distinto, algo que siempre quise. Pese a la rutina, el viaje me llena de felicidad. Me encanta la rutina. Al final de esa 'transición' brilla una sonrisa de un niño pequeño. Bendita rutina.
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