El camino

Hacía bastante frío. El viaje le había agotado la energía. Sus pasos, cada vez más lentos, resonaban en el desfiladero. La lluvia, ligera, golpeaba con delicadeza el suelo. Eso sí, el viajero notaba cada una de las gotas como si fuera una bala de plomo. Pesadas y tercas, llevaban varios meses acompañando cada mañana al joven caminante. Transparente, casi invisible al ojo humano. Calaba hondo, en el corazón, cuál estaca en el cuerpo de Drácula.

El camino era tedioso, monótono. Numerosos rumores circulaban sobre el poder que el corazón tenía en ese angosto paso. Piedras puntiagudas a un lado, y al otro un bosque que forzaba al transeúnte a rozar el barranco. "No debo parar, sé que puedo hacerlo". Pero de nuevo se topó con una imagen conocida. Una muesca en la roca con una inscripción.
El día de mañana verás un brote de esperanza. Hasta entonces, sigue caminando.
Un enigma que aún no había descifrado. No sabía lo que quería decir. Y es que un año ya hacía desde que tuviera que dejar atrás aquello a lo que había llamado hogar. Acompañado por bándalos en unos momentos, por brujas en otros, la paciencia y su mejor serenidad le mantenían vivo. El camino se había convertido en un círculo vicioso, pero él quería acabarlo, llegar a un destino que ni el propio caminante conocía. Decidió leer una vez más las letras grabadas en la misteriosa roca. "Un momento..." Acercó las manos a las letras, pero no las tocó. Una hiedra de color verde le impidió el paso. Cada vez que acercaba la mano al hueco en la roca, la planta aumentaba su longitud y tapaba la entrada. Y dio un respingo.

Un viento suave, ténue. El pelo se le erizó y, sobresaltado, miró al camino, buscando alguna respuesta. "¿Una persona?" Estaba claro que esa sombra era antropomórfica. Parecía una mujer. ¡Sí, lo era! ¡El pelo era de un rojo fuego intenso! Se movió. Se alejaba, pero el cabello de quien quisiera que fuera brillaba con intensidad. No lo dudó y siguió a la sombra. El jadeo aumentó, pues la misteriosa forma aligeraba el paso.

-¡¿Quién....eres?!

No obtuvo respuesta. Siguió corriendo, ahorrándose palabras. Al principio seguían el mismo camino que el muchacho había hecho durante meses. "Estamos dando una vuelta tonta, no sé por qué corro". Aminoró el paso, y su hombro rozó algo. "¿Madera? Antes esto no estaba aquí..." Un puente de madera. Muy seguro no parecía, pues oscilaba con el viento que soplaba y silbaba entre las rocas. El destello carmesí se movía, se alejaba... por el puente. 

-Confía en mí

La voz provenía del otro lado de la débil construcción. El caminante se sorprendió, pero su cansancio no le dejaba hablar. "Tengo que pasar. Hay algo que me llama, lo presiento." Pisó la madera. Crujió. La saliva se le había evaporado de la boca, y a su vez el coraje le brotaba del corazón. "Es ahora o nunca". A cada paso que daba, el puente era más seguro. ¿O era su imaginación? Ávidamente, el chico avanzaba agarrándose con firmeza a unas cuerdas desgastadas por el paso de los siglos. Le pareció una eternidad.

Tras cruzar ambos el puente, la muchacha se giró. Unos ojos castaños profundos lo miraron y le desnudaron el alma. Ruborizado, elevó la vista. La niebla había desaparecido. Ante su persona, por fin, un lugar dónde descansar para siempre.



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