Inconformismo
No hace falta ser un lumbreras para descubrir como nos sentimos y el por qué. No vale eso de cargarle la culpa al tiempo, o a un cordón desatado. Una culpa que cargamos todos en la memoria, retina o dónde quiera que tengamos al monstruo del remordimiento. Un monstruito que, pese a ser pequeño o invisible para muchos, es el que más daño hace.
Si le tenemos susurrando cosas en nuestro oído, no nos daremos cuenta. Es tan sencillo como pasar de admitir la culpa y quejarse por quejarse. Sacamos un odio interno hacia todo. Le chillamos al primero que pasa, como si tuviera la culpa de hacer demasiado ruido. De esa forma, se despierta al monstruo llamado inconformismo. Por que es lo que pasa, no estamos conformes con nuestro estado de ánimo. No reflexionamos, o se tiende a hacer poco.
Esa reflexión es como el agua evaporada. Nos va restando ánimo, acumulándose en forma de nubes negras en nuestros ojos, en nuestro corazón. Una tormenta que retumba en nuestra cabeza. Unos relámpagos que nos quitan el hambre y, algunos son tan fuertes, que la vida. Por una sensación de culpa que, en vez de aceptarla, decidimos dejar de lado. Y, después, llueve. Llueve salado y nos ahogamos. Un mar de dudas que, poco a poco, descargamos.
Y es que no se puede pedir más. Somos inconformistas, lo sé. Por eso somos humanos. Como dije anteriormente, ¿seríamos humanos si no codiciáramos la infinidad? Pues, a veces, codiciamos el fin. El fin de una lluvia que empaña nuestros ojos.
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
ResponderEliminar