Expectativas
Sin pensar. Surgió de la nada, cómo si de un antojo se tratara. El chico apareció, se sentó al final de la sala, sacó sus apuntes y empezó a pasarlos a límpio. Nadie se fijó en él, aunque él sí lo hizo. El chico ya tenía, como mínimo, una primera impresión del resto. ¿Ilusión?¿Rabia? No sabía muy bien como sentirse, en ese nuevo ambiente. Tal vez la soledad era el sentimiento. Tan acostumbrado a él estaba que ya no lo distinguía. El alumnado se fundía con el ambiente y se sentía abandonado, hundido en el abrazo de varios témpanos de hielo. Solo había algo en su vida que le diera calor: el suave rasgueo del bolígrafo. Éste había sido su amigo desde el día en que se precipitó al vacío. Escribía sin parar, las cosas que salían de dentro de su alma, pero nada había cambiado pese a lo escrito: los árboles seguían creciendo en el lugar dónde se plantaron, la misma gente paseando exactamente a la misma hora por el mismo lugar día a día... La impaciencia le carcomía por dentro, pensaba que era culpa suya. Quería que su vida fuera como tinta que fluye sin previo aviso, que los hechos brotaran de la nada. Quería que por una vez su vida fuera la que se escribiera. Por una vez, quería escribir sonrisas y felicidad.
Mientras daba forma a otra de sus historias, el muchacho se percató que el profesor acababa de llegar. Una mata de pelo blanco, poco voluminosa, era el distintivo. Vestido con americana y con un aire de severidad, dirigió una mirada al grupo a través de sus gafas de montura cuadrada perfectamente sujetadas al puente de su nariz. El chico notó un cosquilleo: eso iba en serio. Estaba en la universidad, en la universidad...
-¡Buenos días! - dijo el docente, sacando un fajo de hojas de papel de su cartera- Veamos... ¡Ah, ya sé! Sois estudiantes de primero, ¿cierto?
La clase estaba atemorizada. No sabía que responder. El chico respondió un leve sí, pero no fue suficientemente audible.
-¿No sabéis en que carrera y curso estáis? Pues así, os lo digo yo. Pero no penséis que os lo daré todo masticado: aquí o estudiais, o copiais (siempre que no os pille), o directamente podeis largaros.
La clase permanecía en silencio. El chico comprendía perfectamente todo lo que había dicho. Él también estaba harto de la vagancia a la hora de responder en clase. Ese hecho le hacía sentirse solo en un mundo de retrasados, pero tenía fobia a las reacciones de la gente...
-¿Enrique Escobar? -dijo el profesor, mirando de reojo a la lista- ¿Enrique Escobar?Mientras daba forma a otra de sus historias, el muchacho se percató que el profesor acababa de llegar. Una mata de pelo blanco, poco voluminosa, era el distintivo. Vestido con americana y con un aire de severidad, dirigió una mirada al grupo a través de sus gafas de montura cuadrada perfectamente sujetadas al puente de su nariz. El chico notó un cosquilleo: eso iba en serio. Estaba en la universidad, en la universidad...
-¡Buenos días! - dijo el docente, sacando un fajo de hojas de papel de su cartera- Veamos... ¡Ah, ya sé! Sois estudiantes de primero, ¿cierto?
La clase estaba atemorizada. No sabía que responder. El chico respondió un leve sí, pero no fue suficientemente audible.
-¿No sabéis en que carrera y curso estáis? Pues así, os lo digo yo. Pero no penséis que os lo daré todo masticado: aquí o estudiais, o copiais (siempre que no os pille), o directamente podeis largaros.
La clase permanecía en silencio. El chico comprendía perfectamente todo lo que había dicho. Él también estaba harto de la vagancia a la hora de responder en clase. Ese hecho le hacía sentirse solo en un mundo de retrasados, pero tenía fobia a las reacciones de la gente...
El chico levantó la mano y se puso colorado. Había tardado en contestar. Para él, eso ya lo convertía en un inútil. A decir verdad, el chico era muy duro consigo mismo. El intento de suicidio fue tan inútil... El porqué de ese intento se remonta dos años atrás en el tiempo, a un accidente de tráfico en el que murió su madre y su padre quedó paraplégico. Él permaneció en coma varias semanas en el hospital. Todo por querer escuchar su disco favorito mientras iba en el coche, rumbo a la costa. El estuche de los discos le resbaló de las manos y quedó atrapado bajo el freno del vehículo y chocaron contra un camión que venía de frente. Si no hubiera sido tan impaciente...
Tras recibir el impacto de la verdad, se desmoronó. Cada día iba a peor y ver a su padre immóbil, no pudiendo disfrutar del trabajo que amaba le devoraba cuál cáncer se expande. Un día, decidió lanzarse desde el balcón del piso en el que vivía, pero rebotó en los toldos y sólo de fracturó una pierna. La curiosidad es que no lloró por el dolor, si no de impotencia. Impotencia por llegar hasta ese extremo, al extremo de quitarse la vida.
Pero sus años de anonimato y jerarquía popular habían pasado al olvido: la universidad le otorgaría ese momento de igualdad. Grandes expectativas, ¿las podría cumplir?
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